¿Bachillerato, FP… y ahora qué? Cómo acompañar a nuestros hijos en sus decisiones académicas sin decidir por ellos
"Yo creo que debería hacer Bachillerato."
"Tiene buenas notas, sería una pena que hiciera un ciclo."
"Quiere estudiar algo que no tiene muchas salidas."
"Dice que no sabe qué quiere hacer y me preocupa que se equivoque."
"Yo solo quiero lo mejor para él."
Cuando nuestros hijos llegan al final de la Educación Secundaria Obligatoria aparece una de las primeras decisiones importantes sobre su futuro.
¿Bachillerato? ¿Formación Profesional? ¿Qué modalidad? ¿Qué ciclo? ¿Y si todavía no sabe qué quiere hacer?

Es lógico que como padres y madres nos preocupe.
Conocemos a nuestros hijos, tenemos más experiencia y sabemos que determinadas decisiones pueden condicionar las oportunidades que tendrán posteriormente. Queremos protegerlos de equivocaciones que puedan lamentar.
El problema aparece cuando, con la intención de ayudar, acabamos intentando que elijan el camino que nosotros consideramos mejor, sin prestar suficiente atención a sus intereses, capacidades, valores o forma de aprender.
Acompañar una decisión académica no significa desentendernos.
Pero tampoco significa decidir por ellos.
Nuestro papel consiste en ayudarles a construir las herramientas necesarias para empezar a elegir su propio camino.
"Yo solo quiero lo mejor para mi hijo"
Probablemente sea cierto.
La inmensa mayoría de las familias quieren que sus hijos tengan un futuro estable, oportunidades laborales y una vida satisfactoria.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacernos:
¿Lo que yo considero mejor para mi hijo coincide necesariamente con lo que es mejor para él?
Nuestras recomendaciones están inevitablemente influidas por nuestra propia historia.
Por aquello que estudiamos.
Por lo que nos hubiera gustado estudiar.
Por nuestras experiencias laborales.
Por nuestros miedos.
Por la situación económica.
E incluso por determinadas ideas sociales sobre qué estudios tienen más prestigio.
Podemos hacerlo con la mejor intención y, aun así, estar mirando el futuro de nuestro hijo desde nuestra propia perspectiva.
Uno de los errores más frecuentes: confundir capacidad con vocación
"Como saca buenas notas, tiene que hacer Bachillerato."
Esta idea continúa apareciendo en muchas familias.
Sin embargo, tener capacidad académica para cursar Bachillerato no significa necesariamente que sea la opción que mejor encaje con ese adolescente.
Del mismo modo, elegir Formación Profesional no debería entenderse como una alternativa reservada para quienes "no sirven para estudiar".
Bachillerato y Formación Profesional responden a itinerarios, intereses, formas de aprendizaje y objetivos diferentes.
Un adolescente puede tener un excelente rendimiento académico y sentirse mucho más motivado por un aprendizaje aplicado y vinculado a una profesión concreta.
Otro puede necesitar un itinerario más académico porque quiere acceder posteriormente a determinados estudios universitarios.
La pregunta no debería ser únicamente:
"¿Para qué tiene capacidad?"
También deberíamos preguntarnos:
"¿Qué opción encaja mejor con quién es y con lo que quiere empezar a construir?"
Elegir estudios es también empezar a conocerse
Una buena orientación académica no empieza consultando una lista de carreras.
Empieza con autoconocimiento.
Antes de preguntar:
"¿Qué quieres estudiar?"
podemos ayudar a nuestro hijo a hacerse otras preguntas:
¿Qué materias disfruto más?
¿Qué se me da bien?
¿Qué actividades me hacen perder la noción del tiempo?
¿Prefiero aprender haciendo o estudiando contenidos más teóricos?
¿Me gusta trabajar con personas, datos, tecnología, ideas, objetos…?
¿Qué tipo de problemas disfruto resolviendo?
¿Qué cosas son importantes para mí?
¿Cómo imagino mi futuro?
No es necesario que a los 15 o 16 años tengan una vocación perfectamente definida.
De hecho, muchos no la tendrán.
El objetivo es empezar a identificar pistas.
Intereses, capacidades y valores: tres piezas que conviene mirar juntas
A la hora de orientar una decisión académica podemos ayudarles a explorar tres grandes áreas.
1. Qué les interesa
Aquello que despierta su curiosidad y motivación.
No tiene que ser necesariamente una asignatura.
Puede interesarle reparar cosas, crear contenidos, cuidar animales, programar, diseñar, ayudar a otras personas, cocinar, investigar, practicar deporte o comprender cómo funcionan determinadas cosas.
2. Cuáles son sus capacidades y talentos
¿Qué se le da especialmente bien?
Quizá tenga facilidad para expresarse.
Para razonar.
Para relacionarse con los demás.
Para trabajar con las manos.
Para organizar.
Para crear.
Para resolver problemas.
Las notas aportan información, pero no cuentan toda la historia sobre las capacidades de un adolescente.
3. Qué valora
Este aspecto suele olvidarse.
Hay personas que valoran especialmente la estabilidad.
Otras la creatividad.
Otras ayudar a los demás.
La independencia.
El reconocimiento.
Trabajar al aire libre.
Tener horarios determinados.
Poder viajar.
Las decisiones profesionales futuras también estarán relacionadas con el tipo de vida que quieran construir.
El peligro de proyectar nuestros sueños
A veces los padres tenemos una idea muy concreta de lo que nos gustaría para nuestros hijos.
"Siempre pensé que sería médico."
"Tiene que ir a la universidad."
"Yo no pude estudiar y quiero que él tenga una carrera."
"En nuestra familia todos hemos estudiado Derecho."
Detrás de estas frases puede haber muchísimo amor.
Pero también expectativas.
Y cuando un adolescente percibe que elegir algo diferente puede decepcionar a sus padres, puede terminar tomando una decisión que no siente como propia.
Quizá incluso tenga éxito académico.
Pero éxito académico y satisfacción personal no siempre son lo mismo.
Nuestros hijos no tienen que cumplir el proyecto vital que nosotros imaginamos para ellos.
Tienen que empezar a construir el suyo.
Pero tampoco debemos decir simplemente: "Haz lo que quieras"
Este es el extremo contrario.
Respetar su autonomía no significa dejarlos solos.
A los 15 o 16 años pueden necesitar bastante ayuda para comprender las consecuencias de determinadas decisiones, conocer todas las alternativas o valorar opciones que ni siquiera sabían que existían.
Decir:
"Es tu vida, decide tú."
puede generar tanta inseguridad como intentar imponerles una opción.
Necesitan autonomía acompañada.
Podemos ofrecer información.
Hacer preguntas.
Ayudarles a comparar alternativas.
Consultar al departamento de orientación.
Visitar centros.
Investigar planes de estudio.
Hablar sobre las consecuencias de cada opción.
Y finalmente permitir que tengan un papel protagonista en la decisión.
Cambia los consejos por preguntas
Cuando nuestro hijo expresa una opción, es muy fácil responder inmediatamente:
"Eso no tiene salidas."
"Con tus notas podrías aspirar a más."
"Yo haría Bachillerato."
Antes de dar nuestra opinión podemos preguntar:
"¿Qué es lo que te atrae de esa opción?"
"¿Qué sabes sobre esos estudios?"
"¿Qué otras alternativas has valorado?"
"¿Qué asignaturas tendría?"
"¿Qué podrías hacer después?"
"¿Qué dudas tienes?"
"¿Qué ventajas y dificultades ves?"
Estas preguntas no deciden por él.
Le enseñan a pensar.
Investigar antes de decidir
Una decisión académica debería apoyarse en información real y no únicamente en impresiones.
Antes de elegir conviene conocer:
Los diferentes itinerarios disponibles.
Las materias que se cursarán.
Los requisitos de acceso.
Las opciones que permite cada itinerario posteriormente.
Los ciclos formativos existentes.
Las titulaciones universitarias relacionadas.
Las características de las profesiones que despiertan su interés.
El sistema educativo ofrece más caminos y conexiones entre itinerarios de los que muchas familias conocen.
Por eso, antes de descartar una opción, conviene informarse adecuadamente.
"Pero esa profesión no tiene futuro"
La preocupación por las salidas profesionales es legítima.
Y debemos hablar de ella.
Pero no debería convertirse en el único criterio.
El mercado laboral cambia.
Aparecen nuevas profesiones.
Otras se transforman.
Y las trayectorias profesionales actuales no siempre son lineales.
Podemos ayudarles a investigar empleabilidad y oportunidades profesionales, pero también debemos considerar su motivación, capacidades e intereses.
Elegir exclusivamente por las supuestas salidas laborales puede llevar a estudiar algo que nunca llegue a ejercer.
Y elegir únicamente porque "me gusta" sin investigar qué implica realmente esa formación tampoco sería una decisión suficientemente reflexionada.
La clave está en integrar vocación, realidad e información.
¿Y si no sabe qué quiere hacer?
No saberlo a los 15 o 16 años no debería vivirse como un fracaso.
Preguntar a un adolescente qué quiere hacer durante el resto de su vida puede resultar abrumador.
Podemos cambiar la pregunta:
En lugar de:
"¿Qué quieres ser?"
preguntar:
"¿Qué te gustaría explorar ahora?"
La elección académica no tiene por qué definir toda su vida profesional.
Muchas trayectorias se modifican con el tiempo.
Cambiar de opinión no siempre significa haberse equivocado.
A veces significa haber aprendido más sobre uno mismo.
¿Y si creemos que está tomando una mala decisión?
Esta es probablemente la parte más difícil para las familias.
Podemos expresar nuestra preocupación.
Podemos aportar información que quizá no haya considerado.
Podemos pedirle que investigue mejor.
Podemos recomendarle hablar con su orientador u orientadora.
Lo que deberíamos evitar es utilizar el miedo, la comparación o la decepción para conseguir que elija nuestra opción.
Frases como:
"Te vas a arrepentir."
"Estás desaprovechando tu capacidad."
"Tu primo sí sabe lo que quiere."
"Si haces eso, luego no digas que no te avisamos."
difícilmente ayudan a tomar mejores decisiones.
Podemos sustituirlas por:
"Hay algunos aspectos de esa opción que me preocupan. ¿Los podemos mirar juntos?"
La diferencia parece pequeña.
Pero cambia completamente la conversación.
¿Qué papel debemos tener entonces como padres?
Podríamos resumirlo en cinco acciones.
Escuchar.Intentar comprender qué quiere nuestro hijo antes de explicar qué queremos nosotros.
Ayudarle a conocerse.Identificar intereses, capacidades, valores, motivaciones y forma de aprender.
Informarnos juntos.Conocer itinerarios, requisitos y posibilidades reales antes de tomar una decisión.
Ayudarle a pensar.Plantear preguntas, valorar alternativas y anticipar consecuencias.
Confiar progresivamente.Aceptar que la decisión final puede no coincidir exactamente con la que nosotros habríamos tomado.
Una decisión académica también es una oportunidad educativa
Cuando nuestros hijos terminan la educación obligatoria no solo están eligiendo qué estudiar el próximo curso.
Están aprendiendo algo mucho más importante.
A conocerse.
A buscar información.
A escuchar opiniones sin depender completamente de ellas.
A valorar alternativas.
A asumir responsabilidades.
Y, poco a poco, a construir su propio proyecto de vida.
Como padres y madres seguiremos teniendo un papel fundamental.
Pero nuestra tarea empieza a cambiar.
Ya no se trata tanto de indicarles el camino como de ayudarles a desarrollar una buena brújula.
Porque probablemente una de las mejores formas de preparar a nuestros hijos para su futuro no sea conseguir que elijan aquello que nosotros creemos que deberían elegir.
Será ayudarles a conocerse suficientemente bien, proporcionarles información y acompañamiento y enseñarles a tomar decisiones responsables para que, cuando llegue el momento, puedan empezar a elegir su propio camino.



