Toma de decisiones en la adolescencia: cómo enseñar a nuestros hijos a elegir sin decidir siempre por ellos
- Bárbara Rodríguez Suárez
- hace 1 día
- 6 min de lectura
"No sabe qué quiere."
"Le pregunto qué prefiere y siempre responde: me da igual."
"Decide impulsivamente y después se arrepiente."
"Si no estoy encima, toma decisiones que no tienen ningún sentido."
Estas son preocupaciones que muchos padres y madres pueden reconocer durante la adolescencia.
Queremos que nuestros hijos sean responsables, que sepan elegir bien sus amistades, organizar sus estudios, gestionar su dinero, utilizar adecuadamente las redes sociales y, poco a poco, decidir qué camino académico o profesional quieren seguir.
Pero hay algo que a veces olvidamos:
nadie aprende a tomar buenas decisiones simplemente porque se hace mayor.
Decidir es una habilidad.
Y, como cualquier otra habilidad, necesita aprendizaje, oportunidades para practicar, errores, reflexión y buenos modelos de referencia.
Por eso, si queremos que nuestros hijos sean adultos capaces de tomar decisiones responsables, quizá debamos empezar mucho antes de las grandes decisiones de la vida.

¿Por qué a algunos adolescentes les cuesta tanto decidir?
Durante la adolescencia se produce un enorme desarrollo cognitivo, emocional y social.
Los jóvenes son progresivamente capaces de razonar sobre situaciones complejas, plantearse diferentes posibilidades y anticipar consecuencias. Sin embargo, las capacidades relacionadas con la planificación, el control de los impulsos y la autorregulación continúan madurando.
Además, sus decisiones pueden estar especialmente influidas por las emociones, la necesidad de aceptación social, la presión del grupo o la búsqueda de experiencias nuevas.
Por eso podemos encontrarnos con un adolescente perfectamente capaz de explicarnos qué debería hacer ante una determinada situación y que, llegado el momento, actúe de una forma completamente diferente.
Pero hay otro factor que merece nuestra atención:
¿Cuántas oportunidades reales ha tenido para decidir?
A veces queremos adolescentes autónomos después de haber decidido todo por ellos
Desde pequeños, con la mejor intención, podemos acostumbrarnos a tomar multitud de decisiones por nuestros hijos.
Qué ropa ponerse.
Qué actividad extraescolar realizar.
Cómo organizar su tarde.
Cuándo estudiar.
Qué llevar en la mochila.
Cómo solucionar un problema con un amigo.
Qué asignaturas elegir.
Incluso qué deberían estudiar en el futuro.
Después llega la adolescencia y esperamos que sepan tomar decisiones importantes de manera autónoma.
Pero la autonomía no aparece de repente.
Se construye.
Si queremos que un adolescente aprenda a decidir, necesita haber tenido oportunidades progresivas para hacerlo.
Tomar una buena decisión no significa acertar siempre
Este es probablemente el primer aprendizaje que necesitamos transmitir.
Una buena decisión no es necesariamente aquella que produce el resultado que esperábamos.
Podemos analizar una situación cuidadosamente, valorar diferentes alternativas y elegir razonablemente... y aun así equivocarnos.
Enseñar a decidir implica enseñar también a convivir con la incertidumbre.
Podemos ayudar a nuestros hijos a comprender que una buena decisión consiste en:
detenerse antes de actuar;
identificar qué queremos conseguir;
buscar diferentes alternativas;
valorar posibles consecuencias;
tener en cuenta nuestros valores y responsabilidades;
elegir;
asumir las consecuencias;
y revisar posteriormente qué hemos aprendido.
Por tanto, el objetivo no debería ser enseñarles a no equivocarse, sino enseñarles a pensar antes de decidir y aprender después de hacerlo.
Antes de enseñar a decidir, los adultos también podemos revisar cómo decidimos
Los padres somos modelos de muchas conductas, también de aquellas que nunca enseñamos explícitamente.
Nuestros hijos observan cómo reaccionamos cuando tenemos un problema.
Si tomamos decisiones impulsivamente.
Si posponemos continuamente aquello que nos incomoda.
Si preguntamos la opinión de todo el mundo porque no confiamos en nuestro criterio.
Si culpamos a otras personas cuando algo sale mal.
O si somos capaces de reconocer:
"Me equivoqué tomando esta decisión. Ahora tengo que pensar cómo solucionarlo."
No necesitamos ser modelos perfectos.
De hecho, reconocer nuestros propios errores puede ofrecerles un aprendizaje enormemente valioso.
Entonces, ¿qué deberían saber los padres sobre la toma de decisiones?
1. No existe una decisión perfecta
Muchas personas quedan bloqueadas buscando la opción perfecta.
Pero la mayoría de las decisiones importantes implican ventajas, inconvenientes e incertidumbre.
Podemos enseñar a nuestros hijos a buscar una opción suficientemente razonable con la información disponible en ese momento.
2. Las emociones aportan información, pero no deberían decidir siempre por nosotros
Cuando estamos muy enfadados, asustados o eufóricos podemos actuar impulsivamente.
Una habilidad importante consiste en aprender a preguntarnos:
"¿Necesito decidir esto ahora?"
Muchas decisiones pueden esperar hasta que la intensidad emocional disminuya.
3. Decidir implica renunciar
Elegir una opción suele significar dejar otras atrás.
Esto resulta especialmente difícil durante la adolescencia.
Elegir una modalidad de Bachillerato, una actividad o un plan significa renunciar temporalmente a otras posibilidades.
Aprender a aceptar esa renuncia forma parte de madurar.
4. Toda decisión tiene consecuencias
No como castigo.
Como parte natural de elegir.
Si gasto todo mi dinero hoy, mañana quizá no pueda comprar otra cosa.
Si decido no estudiar para un examen, existe una mayor probabilidad de obtener un resultado negativo.
Permitir algunas consecuencias naturales, siempre que sean seguras y proporcionadas, puede enseñar mucho más que un largo discurso.
5. Pedir ayuda también es saber decidir
Ser autónomo no significa hacerlo todo solo.
Una persona con buenas habilidades de decisión sabe cuándo necesita información, cuándo pedir consejo y a quién recurrir.
Un método sencillo para enseñarles a tomar decisiones
Cuando tu hijo tenga que decidir algo, intenta resistir el impulso de darle inmediatamente la respuesta.
En lugar de decir:
"Yo haría esto."
Puedes acompañarle mediante cinco preguntas.
1. ¿Qué tienes que decidir exactamente?
Definir el problema ayuda a ordenar el pensamiento.
No es lo mismo:
"No sé qué hacer con mis estudios."
que:
"Tengo que decidir si el próximo curso quiero hacer Bachillerato o un Ciclo Formativo."
2. ¿Qué opciones tienes?
Anímale a pensar varias alternativas.
A veces los adolescentes ven únicamente dos extremos:
"O hago esto o no tengo ninguna opción."
Buscar una tercera posibilidad amplía la capacidad de resolución de problemas.
3. ¿Qué puede ocurrir con cada opción?
Aquí entrenamos la anticipación de consecuencias.
Podéis valorar:
ventajas;
inconvenientes;
consecuencias a corto plazo;
consecuencias a largo plazo;
cómo afecta a otras personas.
4. ¿Qué es importante para ti?
Esta pregunta introduce algo fundamental: los valores.
No todas las decisiones deben basarse únicamente en qué opción resulta más fácil o agradable.
También podemos preguntarnos:
"¿Qué tipo de persona quiero ser?"
"¿Esta decisión encaja con aquello que considero importante?"
5. ¿Qué eliges y qué necesitas para llevarlo a cabo?
Después de analizar toca decidir.
Y aquí aparece una parte difícil para muchos padres:
permitir que la decisión sea realmente suya cuando tiene edad y capacidad suficiente para tomarla.
Déjale tomar pequeñas decisiones antes de exigirle grandes decisiones
No podemos esperar que a los 16 o 17 años un adolescente decida responsablemente sobre sus estudios, relaciones o futuro si durante años apenas ha podido decidir nada.
Las oportunidades pueden adaptarse progresivamente a la edad.
Puede decidir:
cómo organizar parte de su tiempo;
qué ropa ponerse;
cómo distribuir una cantidad limitada de dinero;
qué actividad quiere realizar;
cómo organizar su estudio;
qué regalo comprar a un amigo;
cómo solucionar un pequeño conflicto;
qué optativas elegir;
qué itinerario académico explorar.
La autonomía necesita práctica.
¿Y si sabemos que se está equivocando?
Esta es probablemente una de las situaciones más difíciles para cualquier padre.
Vemos venir el error.
Sabemos lo que probablemente ocurrirá.
Y queremos evitarlo.
Antes de intervenir podemos preguntarnos:
"¿Esta decisión supone un peligro importante o simplemente puede llevarle a equivocarse?"
Si existe un riesgo para su seguridad, salud o bienestar, los adultos debemos intervenir.
Pero si hablamos de una consecuencia asumible, quizá podamos permitir que experimente.
Equivocarse en decisiones pequeñas mientras todavía cuentan con nuestro acompañamiento puede prepararles para afrontar decisiones mucho mayores en el futuro.
Evita el "te lo dije"
Cuando una decisión sale mal tenemos una oportunidad educativa extraordinaria.
Y podemos desperdiciarla diciendo:
"Ya te lo advertí."
Es preferible preguntar:
"¿Qué crees que ocurrió?"
"¿Qué has aprendido?"
"Si volviera a pasar, ¿qué harías diferente?"
Eso transforma el error en aprendizaje.
Cuidado con decidir desde nuestros propios miedos
En ocasiones creemos estar orientando a nuestros hijos cuando, sin darnos cuenta, estamos intentando evitarles nuestras propias experiencias.
Quizá nosotros elegimos mal unos estudios.
Tuvimos dificultades económicas.
Sufrimos en una relación.
Nos equivocamos profesionalmente.
Es natural querer protegerlos.
Pero nuestros hijos no tienen que vivir nuestra vida ni reparar nuestras decisiones.
Podemos ofrecer experiencia, información y perspectiva.
Después, progresivamente, tendrán que construir su propio criterio.
"Me da igual": cuando decidir también genera ansiedad
No todos los adolescentes que evitan decidir son irresponsables.
Algunos tienen miedo a equivocarse.
Otros quieren agradar a todo el mundo.
Otros se bloquean cuando existen demasiadas opciones.
Y algunos han aprendido que siempre habrá un adulto que terminará decidiendo por ellos.
Si tu hijo evita sistemáticamente cualquier decisión, puede ser útil explorar qué existe detrás.
En lugar de:
"Nunca sabes lo que quieres."
podemos preguntar:
"¿Qué es lo que más te cuesta de elegir?"
La respuesta puede sorprendernos.
Nuestro objetivo no es conseguir que elijan lo que nosotros elegiríamos
Esta es probablemente la parte más difícil de acompañar la adolescencia.
Educar para tomar decisiones significa aceptar que, progresivamente, nuestros hijos tomarán algunas decisiones diferentes a las nuestras.
Eso no significa desaparecer.
Seguimos poniendo límites cuando son necesarios.
Seguimos ofreciendo información.
Seguimos orientando.
Seguimos estando disponibles.
Pero empezamos a cambiar una pregunta:
"¿Cómo consigo que tome la decisión correcta?"
por otra mucho más educativa:
"¿Qué necesita aprender para ser capaz de tomar buenas decisiones cuando yo no esté delante?"
Porque llegará un momento en el que no podremos decidir por ellos.
Y ese es precisamente el objetivo.
No criar adolescentes que necesiten preguntarnos continuamente qué deben hacer, sino ayudarles a convertirse en adultos capaces de detenerse, pensar, valorar alternativas, pedir ayuda cuando la necesiten, asumir las consecuencias y aprender de sus propios errores.



