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Adolescencia: mitos y verdades para madres y padres

  • Foto del escritor: Bárbara Rodríguez Suárez
    Bárbara Rodríguez Suárez
  • 9 jun
  • 8 min de lectura

La adolescencia suele tener mala fama. Muchas veces se habla de ella como una etapa complicada, conflictiva o difícil de sobrellevar para las familias. Es frecuente escuchar frases como “prepárate, ahora viene lo peor”, “los adolescentes no escuchan”, “solo quieren estar con sus amigos” o “pasan de todo”.

Sin embargo, aunque la adolescencia puede traer cambios, tensiones y nuevos retos familiares, no todo es negativo. También es una etapa llena de posibilidades: aparece una nueva forma de pensar, se construye la identidad, crece la autonomía, se fortalecen las amistades y los chicos y chicas empiezan a preguntarse quiénes son y qué lugar quieren ocupar en el mundo.

Según UNICEF, la adolescencia, que abarca aproximadamente de los 10 a los 19 años, es un periodo de transformación en el que los niños y niñas comienzan a interactuar con el mundo de una forma nueva, desarrollan habilidades, viven emociones intensas y buscan su lugar en la sociedad. UNICEF – Desarrollo y participación de la adolescencia.

Por eso, quizá necesitamos cambiar la mirada. La adolescencia no es solo una etapa que “hay que aguantar”, sino una etapa que podemos acompañar mejor si la entendemos con menos miedo y más curiosidad.

En este artículo vamos a revisar algunos mitos y verdades sobre la adolescencia para ayudar a madres y padres a vivir esta etapa con más calma, conexión y confianza.



Mito 1: “La adolescencia es una etapa horrible”

Una de las ideas más extendidas es que la adolescencia es, por definición, una etapa terrible. Es cierto que puede haber más discusiones, más cambios de humor, más necesidad de intimidad y más cuestionamiento de las normas. Pero eso no significa que la adolescencia sea una etapa negativa.


Verdad: la adolescencia es una etapa de cambio, no una etapa perdida

Durante la adolescencia, el cerebro, el cuerpo, las emociones y las relaciones están en plena transformación. Lo que a veces las familias viven como desafío también puede entenderse como parte de un proceso de crecimiento.

El adolescente empieza a separarse poco a poco de la infancia. Necesita probar, opinar, decidir, equivocarse, diferenciarse y sentirse capaz. Esto puede generar tensión en casa, pero también es una señal de que está construyendo su propia identidad.

La clave no está en esperar que todo sea fácil, sino en entender que detrás de muchos cambios hay una necesidad sana de crecer.


Mito 2: “Si se aleja de mí, es que ya no me necesita”

Muchos padres y madres sufren cuando su hijo adolescente empieza a contar menos cosas, pasa más tiempo en su habitación o prefiere estar con sus amigos. Puede vivirse como rechazo o como una pérdida de la relación que antes existía.


Verdad: necesita más independencia, pero sigue necesitando vínculo

Que un adolescente busque más espacio propio no significa que la familia haya dejado de importarle. Significa que está intentando encontrar un equilibrio entre pertenecer a su familia y construir su propia individualidad.

La Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente señala que en la adolescencia suelen aparecer cambios relacionados con la búsqueda de identidad, mayor influencia del grupo de iguales, necesidad de independencia, cambios de humor y menor expresión directa de afecto hacia los padres. Fuente AACAP – Desarrollo adolescente.

Aunque a veces parezca distante, el adolescente sigue necesitando saber que sus padres están disponibles. Puede que ya no busque abrazos de la misma manera, que no quiera hablar justo cuando el adulto lo propone o que rechace algunas muestras de cariño en público. Pero sigue necesitando presencia, límites, escucha y seguridad.

Acompañar esta etapa implica aceptar que la relación cambia, pero no desaparece.


Mito 3: “Los adolescentes solo quieren llevar la contraria”

Es fácil interpretar muchas conductas adolescentes como desafío: discutir una norma, cuestionar una decisión, pedir explicaciones o querer negociar. Desde la mirada adulta puede parecer que “todo lo discuten”.


Verdad: están desarrollando pensamiento propio

Durante la adolescencia aparece una mayor capacidad para pensar de forma abstracta, cuestionar, comparar puntos de vista y construir opiniones propias. Esto puede ser incómodo para las familias, especialmente cuando antes el niño aceptaba más fácilmente las indicaciones del adulto.

Pero discutir no siempre significa faltar al respeto. A veces significa que está aprendiendo a pensar, argumentar y diferenciarse.

Eso no quiere decir que haya que permitir cualquier forma de hablar. Los límites siguen siendo necesarios. Pero puede ayudar distinguir entre el contenido y la forma. Una cosa es que el adolescente necesite expresar desacuerdo, y otra que lo haga gritando, insultando o humillando. Podemos validar su necesidad de opinar y, al mismo tiempo, enseñar formas respetuosas de comunicarse.

Por ejemplo: “Puedes no estar de acuerdo, pero no vamos a hablarnos con insultos. Si quieres, lo hablamos cuando podamos escucharnos mejor”.


Mito 4: “Si está de mal humor, es que tiene mala actitud”

Los cambios de humor son una de las características que más desconciertan a las familias. Un adolescente puede estar bien por la mañana, irritable por la tarde y triste por la noche. A veces ni él mismo entiende qué le pasa.


Verdad: muchas emociones aparecen con intensidad

La adolescencia es una etapa emocionalmente intensa. Hay cambios hormonales, presión social, inseguridades, exigencias académicas, necesidad de aceptación, dudas sobre la identidad y una sensibilidad especial ante la mirada de los demás.

Esto no justifica cualquier conducta, pero sí ayuda a comprender que muchas reacciones no son simple “mala actitud”. A veces hay vergüenza, miedo, frustración, cansancio, comparación o sensación de no ser comprendido.

En lugar de responder solo desde el enfado, puede ser útil preguntarse: “¿Qué puede haber detrás de esta reacción?”. Esa pregunta no elimina los límites, pero permite acompañar desde una mirada más amplia.


Mito 5: “Los amigos le importan más que la familia”

Durante la adolescencia, el grupo de iguales adquiere mucha importancia. Las amistades, la aceptación social y la pertenencia al grupo pueden ocupar un lugar central. Esto puede generar inseguridad en las familias, que sienten que pierden influencia.


Verdad: los amigos son importantes, pero la familia sigue siendo una base

Los adolescentes necesitan a sus iguales porque a través de ellos ensayan formas de relacionarse, pertenecer, compartir intereses y construir identidad. Pero eso no significa que la familia deje de ser importante.

La presencia familiar sigue siendo una base de seguridad, aunque a veces no lo parezca. Un adolescente puede necesitar salir con sus amigos y, al mismo tiempo, necesitar volver a casa y sentir que hay adultos disponibles, coherentes y afectivos.

El reto está en no competir con sus amistades, sino en mantener una relación familiar suficientemente segura para que pueda ir y volver emocionalmente.


Mito 6: “Ya es mayor, no necesita tantos límites”

A veces, al verlos crecer físicamente, podemos pensar que ya no necesitan tanta guía. Otras veces ocurre lo contrario: como la adolescencia genera miedo, se intenta controlar todo. Ninguno de los dos extremos suele ayudar.


Verdad: necesita límites, pero también participación

Los adolescentes necesitan límites claros, pero no los mismos límites que en la infancia. Necesitan normas que tengan sentido, que puedan entenderse y que se adapten progresivamente a su nivel de madurez.

Un límite no es solo una prohibición. También es una forma de cuidado. Ayuda a organizar, proteger y enseñar responsabilidad. Pero para que funcione mejor en la adolescencia, conviene combinar firmeza con diálogo.

No es lo mismo decir “porque lo digo yo” que explicar el motivo de una norma y permitir cierto margen de negociación. Por ejemplo, se puede negociar la hora de llegada dentro de unos límites razonables, pero no negociar el respeto, la seguridad o la responsabilidad.

La adolescencia no consiste en soltar de golpe, sino en acompañar la autonomía poco a poco.


Mito 7: “Si no habla, no puedo hacer nada”

Muchos adolescentes no hablan fácilmente de lo que sienten. Algunos contestan “no sé”, “nada”, “déjame” o “no me pasa nada”. Esto puede desesperar a las familias, que sienten que no tienen forma de acercarse.


Verdad: acompañar no siempre empieza con una gran conversación

A veces los adolescentes no hablan porque no saben ordenar lo que sienten, porque temen ser juzgados o porque no quieren preocupar a sus padres. Otras veces simplemente necesitan tiempo.

Acompañar no siempre significa hacer muchas preguntas. A veces significa estar disponible, compartir pequeños momentos, no convertir cada conversación en un interrogatorio y abrir puertas sin presionar.

Frases como estas pueden ayudar:

“Te noto diferente últimamente. No tienes que contármelo ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí.”

“Quizá no sé exactamente qué te pasa, pero me importa cómo estás.”

“Podemos hablar cuando tú puedas, sin broncas.”

La conexión no se construye solo en conversaciones profundas. También se construye en gestos cotidianos: llevarle a algún sitio, preparar algo juntos, ver una serie, respetar un silencio o interesarse por su mundo sin invadirlo.


Mito 8: “Todo es normal en la adolescencia”

También existe el riesgo contrario: pensar que cualquier cambio se explica por la edad. A veces se minimizan señales importantes con frases como “son cosas de adolescentes” o “ya se le pasará”.


Verdad: hay cambios esperables, pero también señales que conviene atender

Es normal que haya más necesidad de intimidad, cambios de humor puntuales, búsqueda de independencia o mayor importancia del grupo de iguales. Pero no todo debe normalizarse.

La Organización Mundial de la Salud recuerda que la salud mental en la adolescencia debe cuidarse y que la ansiedad, la depresión y los problemas de conducta se encuentran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esta etapa. Fuente OMS – Salud mental de los adolescentes

Conviene pedir orientación profesional si observamos tristeza persistente, aislamiento intenso, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba, cambios importantes en sueño o alimentación, bajada brusca del rendimiento, irritabilidad extrema, consumo de sustancias, autolesiones o comentarios sobre no querer vivir.

Entender la adolescencia no significa quitar importancia al sufrimiento. Significa diferenciar lo esperable de aquello que necesita apoyo.


Cómo acompañar mejor esta etapa

Acompañar a un adolescente no siempre es fácil. Requiere paciencia, flexibilidad y capacidad para revisar la forma en que nos comunicamos.

Algunas ideas pueden ayudar:

Escuchar antes de corregir. Muchas veces el adolescente no necesita una solución inmediata, sino sentir que puede expresarse sin recibir una charla automática.

Validar sin ceder en todo. Podemos entender que esté enfadado y, al mismo tiempo, mantener una norma necesaria.

Elegir bien las batallas. No todo merece una discusión. A veces conviene diferenciar entre lo importante y lo secundario.

Mantener momentos de conexión. Aunque parezca que no le interesan, los pequeños espacios compartidos siguen teniendo valor.

No tomarse todo como algo personal. Algunas respuestas tienen más que ver con su proceso interno que con un rechazo real hacia la familia.

Pedir ayuda cuando sea necesario. Consultar con una psicóloga infantil y juvenil no significa que la familia haya fallado, sino que quiere comprender mejor y acompañar con más recursos.


La adolescencia también tiene cosas bonitas

La adolescencia no es solo conflicto. También es creatividad, sensibilidad, pensamiento crítico, sentido de la justicia, intensidad, descubrimiento y crecimiento.

Es la etapa en la que muchos chicos y chicas empiezan a construir sus valores, a preguntarse por el mundo, a descubrir sus gustos, a defender lo que consideran importante y a imaginar quiénes quieren ser.

Para las familias, puede ser una etapa desafiante, sí. Pero también puede ser una oportunidad para construir una relación diferente: menos basada en el control de la infancia y más centrada en la confianza, la comunicación y el acompañamiento.

Quizá la pregunta no sea solo “¿cómo sobrevivo a la adolescencia de mi hijo?”, sino “¿cómo puedo estar presente mientras aprende a convertirse en la persona que está empezando a ser?”.

Si sientes que esta etapa se está haciendo difícil en casa, que la comunicación se ha deteriorado o que tu hijo o hija adolescente está mostrando señales de malestar emocional, una primera orientación psicológica puede ayudarte a entender qué está ocurriendo y qué pasos dar.


Fuentes

UNICEF – Desarrollo y participación de la adolescencia: https://www.unicef.org/es/desarrollo-y-participacion-de-la-adolescencia

Organización Mundial de la Salud – Salud mental de los adolescentes: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health

American Academy of Child and Adolescent Psychiatry – Adolescent Development Part 1: https://www.aacap.org/AACAP/Families_and_Youth/Facts_for_Families/FFF-Guide/Normal-Adolescent-Development-Part-I-057.aspx


 
 
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